Y, de un momento a otro, comenzó a llover.
Ella escuchó el sonido de la lluvia contra su ventana y corrió hasta allí para abrirla.
El agua era fría al tacto, seguramente si hubiera sido una temperatura de una piscina se habría congelado. Las gotas no eran muy gordas, tampoco eran finas, aun así, su brazo quedó empapado.
Miró hacia el cielo. Tras los negros nubarrones se divisaba el color celeste del cielo, pero, al desviar la mirada, todo cambiaba. Las montañas estaban cubiertas de oscuras nubes, dispuestas a pasar por allí sin importar nada.
Apoyó las manos sobre el cristal y se quedó pensativa.
-Dicen que la lluvia es el llanto de los dioses-dijo en su mente, luego, suspiró y cerró la ventana, alejándose del exterior tanto como fuera posible.
Tres horas más tarde.
Las lágrimas cayeron por sus mejillas, sin ninguna razón, simplemente, salieron de sus ojos,, posándose en sus mejillas, para luego descender suavemente hasta su boca.
Tal y como lo habían hecho los dioses.
Tal vez era solo casualidad.
Pero, una frase resonó en su cabeza:
"Las casualidades no existen, todo tiene una explicación".
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