Había dejado de llover y ella aprovechaba para esconderse bajo una parada de autobús. Respiró hondo. Su pelo, incluida su ropa, estaban empapados. Se sentó en uno de los bancos de la parada, esperando que terminara de llover de nuevo. Dibujó una triste sonrisa en el rostro al recordar en que época del año estaban. Navidades. Dejó escapar otro largo suspiro; otro año igual.
Se suponía que en esa época del año se reunía toda la familia, trayendo consigo risas, abrazos y compañía. Esa era la ilusión de la Navidad; estar juntos, quejarse por el frío y ponerse esos graciosos gorritos.
Pero ese año volvía a ser como el anterior. La soledad reinaba el hogar, recordando en cada momento que, aunque hubiera un enorme árbol de navidad, no habrían personas que colocaran postales de felicitación en este.
Ella habría dado cualquier cosa por volver a escuchar a su abuelo reír, habría dado cualquier cosa por borrar su triste mirada y convertirla en aquella que tanto le había inspirado, tan fuerte...
Habría dado cualquier cosa porque su joven tío le hubiera despertado cantándole aquella horrible canción, porque le hubiera arrebatado las sábanas y almohadas cada domingo. Habría hecho cualquier cosa por oírle decir de nuevo; "Misifú".
Y habría dado cualquier cosa porque su abuela, tan dulce y agradable, la hubiera comido a besos, por preparar postres con ella...Por ver esa extraña mueca que dibuja en su cara cuando se enfada y por volver a llamarme María Antonia.
Pero ella ya no estaba allí; tan solo vagaba en sus preciados recuerdos. Y esos recuerdos se marcharon al volver a la realidad, evaporándose como el agua...Esfumándose con el viento y enredándose entre las hojas de los árboles...
Entonces ella sonrió; por ellos, por sus recuerdos...
Eso era algo que nadie, absolutamente nadie podría arrebatarle.
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