En aquella habitación había más que dos personas.
Habían dos presencias y, con ellas, una extraña aura. Pero no era oscura, tampoco era clara. Estaba mezclada con el ambiente, combinando sentimientos y emociones de ambos. Se podría decir que Cupido había dado en el clavo.
os dos jóvenes estaban sentados sobre una cama, descalzos. Se observaban, examinando su rostros, clavando sus ojos en los del otro, nadando en aquel cristalino manantial azul. Una sonrisa afloró en el rostro de la chica, que tomó la mano del muchacho. Ambos entrelazaron los dedos, acariciándose así. El chico se echó hacia adelante, acariciando una de las mejillas de la joven con las yemas de los dedos. Ella sonrió; no podía dejar de mirarlo.Y entonces sus labios se rozaron, soltando una chispa, emitiendo tanta luz que podría deslumbrar a cualquiera. Acariciaron sus labios con suavidad, disfrutando de aquel momento único, deseando que nunca acabara. Se inclinaron un poco hacia adelante, sin separar sus labios. Ambos ladearon la cabeza, rodeándose con los brazos, uniendo ambos cuerpos.Cuando sus labios se separaron, unieron las frentes, manteniendo los ojos cerrados, esperando a recuperar el aliento. Ella abrió los ojos, observando con atención al muchacho. Ahora su respiración estaba un poco agitada, aunque no lo mostraba.
-Te quiero...-Susurró ella, ruborizándose un poco.
Él abrió los ojos al escucharla, susurrando:
-Yo también te quiero.
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