Puede que no sea cierto, pero quiero creérmelo. Quizá es porque lo necesite o quizá tan solo es para sentirme mejor. No lo sé, simplemente tengo algo que decir. Te quiero.

martes, 10 de agosto de 2010

Día cinco.

Doce y treinta minutos, madrugada.
Ella estaba sentada en el balcón de su habitación con las puertas abiertas y la espalda recostada a la pared.

El ruido del coche la sacó de su sueño. Solía soñar despierta a todas horas.
Miró al cielo.
Estaba cubierto de nubes naranjas. No, no estaba loca, así se ven las nubes cuando las luces de las calles la iluminan al llegar la noche. Antes podía ver las estrellas, sólo había una, solitaria, en medio del firmamento. No era muy luminosa pero, aún así, era hermosa.

Al menos le servía de consuelo que los dos estaban bajo el mismo cielo. 
Al mirar arriba, siempre verían lo mismo.

Pero ahora no se veía nada, el cielo nocturno estaba cubierto de nubes. ¿Se había marchado? ¿Seguiría siempre ahí?

Eso se vería más adelante...Cuando el viejo reloj de arena diera la hora exacta, en el momento preciso...con la persona indicada. 

Y esa persona era él.

Él y él. 

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