En el descampado reinaba el silencio, normal, con la hora que era. Miró su reloj pero había demasiada oscuridad para ver los números que le dirían en que momento del día se encontraba.
Echó a andar, quizá, entre la espesa niebla podría encontrar la salida del lugar que muchas veces había sido su escondite. Pero no, estaba rodeada de matorrales con espinas, allí no había salida.
No se veía ni una luz..Extraño, eso estaba rodeado de hogares, pero no pasó nada, ella siguió andando. Tenía el pelo alborotado, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, pantalones vaqueros y all stars negros como la noche.
Miró a su alrededor, habían árboles de cerezo marchitos. Abrió los ojos como platos: Eso era imposible, estaba en Europa, no en Japón. Frunció el ceño y siguió andando, una fina llovizna la mojó.
-Oh, bien, lo que me faltaba.-Suspiró largamente.
En un destello algo...o alguien apareció frente a ella. Confusa, lo miró, intentando observarlo, pero era imposible, estaba rodeado de una luz que cegaba. Entrecerró los ojos. Definitivamente no era algo, era alguien. Una persona, un ser. Intentó volver a mirar, sus ojos se acostumbraban a tanta luz. Hasta que le divisó, no muy bien, pero lo hizo.
Era alto, un chico. Tenía los puños cerrados, iba vestido de blanco y la cabeza baja. El pelo caía por su frente, tenía los labios muy rojos...
Ella le observó, impresionada. El chico elevó la cabeza, clavando sus ojos marrones en los de ella. Estiró uno de los puños en su dirección, sin brusquedad. Abrió la mano, en la que estaba un collar. Tenía un corazón, lo más posible es que fuera de plata.
Ella frunció el ceño, le miró y este asintió.
Tomó el corazón entre las manos. Él señaló su cuello y ella obedeció, lo colgó en su cuello. Volvió a mirarlo y él sonrió de medio lado, como si estuviera orgulloso, luego, desapareció.
Y entonces...
Pegó un brinco en la cama, estaba agitada. Miró a su alrededor.
La misma habitación, la misma oscuridad.
Algo raro: la ventana abierta.
¿Había sido un sueño?
Se levantó a cerrar la ventana y quedó frente al espejo.
Pijama.
Pelo alborotado.
Y en su cuello, un corazón.